EDGAR CALANDIN. EX COMANDANTE CONJUNTO ANTÁRTICO
A más de cuarenta años del conflicto, Malvinas se redefine como un problema estratégico contemporáneo: el control del Atlántico Sur, la administración de sus recursos y la proyección geopolítica hacia la Antártida.
Cada aniversario de la guerra de Malvinas renueva en la Argentina el ejercicio de memoria y reafirmación soberana. Sin embargo, la persistente ritualización conmemorativa corre el riesgo de desplazar el eje del problema hacia el pasado, cuando su núcleo permanece plenamente vigente y aún esquivo para los intereses argentinos: el control efectivo del Atlántico Sur y su relación con la proyección antártica.
La cuestión Malvinas es más que un diferendo territorial pendiente de descolonización. Funciona como el centro de un dispositivo geopolítico que articula administración marítima, explotación de recursos vivos, control logístico y posicionamiento estratégico en la antesala del continente antártico. En este sistema, el archipiélago opera como nodo regulador del espacio oceánico circundante.
La gobernanza marítima como herramienta de control
In los últimos años, el Reino Unido ha profundizado un esquema sostenido de administración unilateral del área marítima adyacente a las islas. El otorgamiento de licencias pesqueras sin acuerdo con la Argentina constituye el instrumento central de ese ordenamiento. Estas decisiones se adoptan en tensión con las resoluciones de Naciones Unidas que instan a ambas partes a abstenerse de introducir modificaciones unilaterales mientras subsista la disputa, evitando acciones que alteren la situación en negociación (ONU, 2024).
La pesca cumple aquí una función que excede su dimensión económica. Se trata de una herramienta de construcción de gobernanza marítima, ya que financia la administración local, legitima el ejercicio regulatorio británico y proyecta autoridad sobre los recursos; por otro lado, en clave geopolítica, la regulación del mar implica una forma concreta de soberanía funcional.
Este proceso expresa una política británica de doble registro en el sur global. En la Antártida, desde Londres se privilegia un discurso de cooperación científica y logística, presentando la articulación con Sudamérica como factor de estabilidad. En el Atlántico Sur inmediato, por el contrario, despliega una estrategia de control regulatorio y administración unilateral de recursos, sin apertura a mecanismos de gobernanza compartida. La Antártida opera así como espacio de legitimación multilateral; el Atlántico Sur, como ámbito de consolidación efectiva de poder.
El escenario regional y los desafíos de la política atlántica
El impacto de esta dinámica no se limita al vínculo bilateral con la Argentina. Su consecuencia principal ha sido la progresiva desarticulación del entorno regional que históricamente sostuvo el reclamo argentino. De esta manera, la idea de Malvinas como causa latinoamericana se debilita frente a agendas nacionales divergentes. Uruguay, Brasil y Chile desarrollan políticas marítimas, portuarias y económicas propias que no necesariamente convergen con una estrategia común sobre el Atlántico Sur. Este desplazamiento responde tanto a intereses concretos como a la ausencia de una iniciativa argentina capaz de estructurar un marco regional de cooperación marítima austral.
Aquí aparece la dimensión más sensible del problema: la cuestión Malvinas enfrenta hoy no sólo la firmeza británica sino también la limitada innovación estratégica argentina. La política exterior se ha concentrado en la reafirmación jurídica del reclamo y en la preservación del consenso internacional sobre la existencia de la disputa. Estos elementos son indispensables, pero insuficientes frente a un escenario donde el control efectivo del espacio continúa consolidándose en favor del Reino Unido.
La falta de propuestas en materia de gobernanza marítima regional, coordinación logística austral o articulación entre política atlántica y antártica produce un efecto acumulativo: la naturalización del statu quo vigente. Se instala progresivamente la percepción de que la disputa permanece congelada y que la Argentina sólo puede sostener su posición declarativa sin capacidad de modificar el entorno estratégico.

Un cambio de paradigma: el continuo geoestratégico austral
Repensar Malvinas exige entonces un desplazamiento conceptual. El problema no se limita a la soberanía territorial sobre las islas, sino al ordenamiento del sistema espacial del Atlántico Sur. La cuestión central pasa a ser quién administra los recursos, quién organiza las redes logísticas y quién construye legitimidad en la antesala antártica.
Desde esta perspectiva, Malvinas puede interpretarse como el punto de articulación del continuo geoestratégico austral, donde el Atlántico Sur funciona como espacio de transición entre Sudamérica y la Antártida. Su control incide directamente sobre las capacidades de proyección futura de los Estados de la región.
Una política renovada debería orientarse a transformar el entorno estratégico en el que se sostiene la posición británica: promover mecanismos sudamericanos de monitoreo pesquero; coordinar políticas portuarias australes; integrar la política antártica con la atlántica; y construir una narrativa regional de gobernanza compartida del sur marítimo.
El objetivo no sería modificar de inmediato la posición británica, sino alterar progresivamente el contexto en el que esa posición se legitima. Las efemérides sostienen la memoria nacional; la política estratégica requiere, además, iniciativa. La cuestión Malvinas no sólo interpela la memoria histórica argentina: pone a prueba su capacidad de pensar estratégicamente el Atlántico Sur y de proyectar poder político en el espacio donde se define su futuro austral.

