LA CARTOGRAFÍA COMO ARGUMENTO DE SOBERANÍA. MAPAS QUE HACEN PAÍS

MARÍA DOLORES PUENTE Y LEANDRO PATANÉ. INSTITUTO GEOGRÁFICO NACIONAL.

Los mapas parecen instrumentos neutrales, pero nunca lo son. En la cartografía también se disputan sentidos, nombres y territorios. En el caso argentino, representar Malvinas, el Atlántico Sur y la Antártida forma parte de una política concreta de afirmación soberana.

Hay algo curioso con los mapas: los usamos todo el tiempo, pero casi nunca pensamos en ellos. Nos guían cuando pedimos comida desde una aplicación o planificamos un viaje, y también los contemplamos para imaginarnos lugares lejanos. Parecen herramientas neutrales, estáticas. Pero los mapas nunca son inocentes. Dibujar un territorio es también definirlo, nombrarlo y, en última instancia, afirmarlo como propio.

En Argentina esta idea está establecida en una ley. Toda representación del territorio nacional (continental americano, insular o antártico) que se publique en el país debe ajustarse a la cartografía oficial y ser revisada por el Estado. La tarea está a cargo del Instituto Geográfico Nacional (IGN), organismo responsable de fiscalizar que los mapas reproduzcan correctamente los límites, los nombres geográficos y la configuración del territorio conforme a la normativa vigente. Puede parecer un detalle técnico, pero no lo es. Cada mapa que aparece en un libro escolar, en una revista, en un atlas o en un material educativo forma parte de una disputa más amplia: la de cómo se representa y se imagina el país.

Cuando el Estado revisa un mapa

Las leyes que regulan este proceso, desde la conocida “Ley de la Carta” hasta la incorporación obligatoria del mapa bicontinental en los materiales educativos, tienen un objetivo claro: asegurar que la representación del territorio argentino sea coherente con las definiciones jurídicas y políticas del Estado. Esto incluye, por supuesto, la representación de los espacios marítimos y la demarcación del límite exterior de la plataforma continental, reconocida por Naciones Unidas.

Detrás de ese conjunto de normas existe una idea sencilla pero profunda: el territorio no es solamente una realidad física, sino también una construcción política y cultural. Los mapas forman parte de esa construcción. Un país no se define únicamente por los kilómetros cuadrados que ocupa en la superficie terrestre. También se define por la manera en que ese espacio se representa, se enseña y se incorpora al imaginario colectivo. Los mapas escolares, por ejemplo, son una de las primeras formas en que las personas aprenden a ver el territorio nacional. Allí se fijan imágenes que después se naturalizan: dónde empieza y dónde termina el país, qué regiones parecen centrales y cuáles aparecen como periféricas. Revisar un mapa no es solamente corregir un detalle técnico. Es llevar al mapa la idea de nación.

Hay un caso en el que esta tarea adquiere una dimensión particularmente sensible: la Cuestión Malvinas. La Constitución de la Nación Argentina lo establece con claridad en su Disposición Transitoria Primera: la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes es un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino. Esa afirmación política y jurídica también se expresa en el terreno de la cartografía.

Cuando el IGN revisa una publicación, uno de los aspectos centrales es precisamente cómo se representa el archipiélago. Existen criterios estrictos: no se aprueba cartografía que utilice denominaciones establecidas por el Reino Unido para las islas o sus accidentes geográficos, ni aclaraciones que cuestionen la pertenencia argentina del territorio. Tampoco se admiten topónimos extranjeros aplicados a accidentes geográficos dentro del territorio nacional.

Puede parecer un detalle menor, pero los nombres importan. Mucho. Nombrar un río, una bahía o un cerro no es sólo un acto descriptivo. Es también una forma de inscribir ese lugar dentro de una historia, de una lengua y de una comunidad política. La toponimia, la disciplina que estudia los nombres geográficos, es, en ese sentido, una dimensión silenciosa pero fundamental de la soberanía.

En territorios en disputa, los mapas funcionan casi como documentos políticos. Cada nombre, cada límite y cada representación transmite una determinada posición sobre el territorio. Por eso, en la cartografía argentina, la manera de nombrar las Islas Malvinas y sus accidentes geográficos no es sólo una cuestión lingüística: es también una forma de afirmar una reivindicación histórica.

El mapa bicontinental: cuando se cambia el foco

Un cambio importante en esta forma de mirar el territorio ocurrió con la incorporación del mapa bicontinental de la República Argentina, establecida por la Ley N.° 26.651.

Durante décadas, la mayoría de los mapas presentaban al país en una versión recortada: el territorio continental americano ocupaba casi toda la imagen, mientras que la Antártida aparecía reducida en un recuadro marginal o directamente separada del resto. Las islas del Atlántico Sur quedaban, en ese esquema, visual y simbólicamente lejos. Ese modo de representar el territorio no era neutro. Sin proponérselo explícitamente, reforzaba una mirada continental del país y relegaba a un segundo plano su dimensión marítima y austral.

El mapa bicontinental propone otra mirada. Al representar en una misma escala el territorio continental americano y el Sector Antártico Argentino, el país aparece proyectado hacia el sur y rodeado por un vasto espacio marítimo. En esa imagen ampliada, las islas del Atlántico Sur —Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur— dejan de ser puntos aislados en el océano para integrarse dentro de una geografía más amplia, donde los espacios marítimos, las plataformas continentales y la proyección antártica forman parte de un mismo sistema territorial.

Este cambio de representación cartográfica tiene consecuencias que van más allá de lo visual. Al poner el foco en el Atlántico Sur y en la dimensión marítima del país, el mapa bicontinental invita a pensar a la Argentina no sólo como un territorio continental, sino también como un país marítimo y austral. En ese marco, las islas dejan de aparecer como periferia y pasan a ocupar un lugar central dentro de una visión del territorio nacional más integrada.

Mapear también es ejercer soberanía

La soberanía no se ejerce únicamente con presencia militar o decisiones diplomáticas. También se construye en prácticas menos visibles: producir mapas, registrar nombres geográficos, enseñar en las escuelas cómo es el territorio nacional. La cartografía fija en el papel —y en la imaginación colectiva— una determinada manera de entender el espacio.

En ese sentido, los mapas no sólo describen el territorio: también lo proyectan hacia el futuro. Cada representación cartográfica fija una determinada manera de imaginar el país y de comprender su lugar en el mundo. Por eso, cuando un mapa argentino incluye a las islas del Atlántico Sur, sus espacios marítimos circundantes y la Antártida Argentina en una misma escala, con sus nombres oficiales y sus accidentes geográficos integrados a la geografía nacional, no está simplemente informando. Está sosteniendo una posición histórica, jurídica y cultural: la de un país que sigue afirmando, también en sus mapas, la soberanía sobre ese territorio.