VGM Esteban Vilgré La Madrid. Comisión Nacional de Veteranos de Guerra del Ministerio del Interior
El Museo Malvinas no es solo un espacio de memoria, sino una herramienta activa para reconstruir conciencia nacional. Entre historia, testimonios y tensiones políticas, se consolida como un lugar donde la soberanía se transmite, se discute y se proyecta hacia el futuro.
Tuve la suerte de conocer el Museo Malvinas el día de su inauguración el 10 de junio de 2014. En términos estructurales, a 12 años de su nacimiento, sigue idéntico como en aquellos días: un monumental edificio de tres plantas, con un mástil apto para enarbolar nuestra bandera de inmensas proporciones, un espejo de agua con nuestras Islas, un espacio verde y un monumento al crucero ARA General Belgrano. Sin embargo, para muchos de quienes vivimos el Conflicto del Atlántico Sur en primera persona, siempre sentimos que todo “recorte” histórico o de contenido es injusto. Ese día sentí que, aun pese a las generosas dimensiones edilicias del Museo, estas resultaban insuficientes para contener la “verdad de Malvinas” y le faltaba compartir las historias de derroche de valor y coraje desplegados en esos 74 días en que el puma de nuestras pampas se animó a morderle la cola al león usurpador y aceptaba su costo.
Luego de ese día volví al Museo en dos breves ocasiones, aún estando en actividad como oficial del ejército, para ser entrevistado por sus trabajadores en lo que era un Archivo Oral de Malvinas y una segunda vez, como parte de la Confederación Nacional de Veteranos de la Guerra de Malvinas a efectos de proponer nuevas incorporaciones a los contenidos y que estos reconozcan el heroísmo de las trincheras (ese día coincidimos con el Veterano de Guerra Rubén Pablos, quien acaba de trabajar activamente en la construcción e inauguración del Museo Malvinas en Bariloche). Finalmente, coincidiendo con su décimo aniversario, regresé al Museo, ya retirado como oficial, pero esta vez como director del mismo.

Contrario a lo que uno hubiera esperado, fui recibido con alegría y cariño por parte de sus trabajadores, quienes producto de su labor diaria, sienten al Museo como propio y son activos militantes de lo que llamamos “la Causa Malvinas”. Fue ese mismo día que me di cuenta que, si bien “conocía al Museo”, nunca lo había recorrido con detenimiento. Conversando con los trabajadores, que tuvieron que lidiar con sucesivos cambios de gestiones, y como todos, con los vaivenes de la economía argentina, comprendí el propósito del Museo.
Durante décadas nuestro país padeció una descomunal desmalvinización, cuyas reales consecuencias siguen incalculables. A la tragedia de la guerra sobrevino el duro silencio de la posguerra y, peor aún, el desconocimiento de lo realizado por nuestros guerreros en ella. Seamos claros: nosotros las recuperamos de manera incruenta el 2 de abril de 1982 y fueron los británicos quienes nos invadieron (nuevamente) a partir del 1 de mayo de ese año con el fin de evitar cumplir el mandato de las Naciones Unidas, trayendo la fuerza de tareas más poderosa armada desde la Segunda Guerra Mundial.
Por supuesto que no todo fue igual en nuestro país: en el litoral y la Patagonia, producto de sus experiencias, Malvinas se encontró siempre presente. Pero nadie puede negar que donde más impactó el silencio fue, irónicamente, en la ciudad donde más resonó el ruido de alegría tras haber recuperado nuestras Islas en abril de 1982. Si bien con el correr de los años los veteranos nos fuimos abriendo y hablando cada vez más de Malvinas, el Estado nacional seguía (¿o podemos decir que aún sigue?) reticente a hacerse eco de una Causa que era y es propia del pueblo argentino. Es así como llegamos al trigésimo aniversario del conflicto en 2012 y en un contexto de mayor tensión en el vínculo con el Reino Unido, producto del avance de actividades exploratorias de hidrocarburos en el Mar argentino. Quedó en evidencia, en aquel entonces, que no bastaba únicamente con la profesionalidad de nuestros diplomáticos y militares de nuestras Fuerzas si Malvinas seguía oculta en nuestra educación y cultura. Y la creación del Museo en 2014 fue sin duda una respuesta ante esa genuina demanda, porque el pueblo está ávido de conocer y saber.
Los trabajadores me comentaron en varias oportunidades que, luego de la inauguración, el museo tuvo la “grata” oportunidad de contar con visitantes ingleses, quienes observaron con detenimiento las instalaciones y el contenido, y que tan solo un par de meses después, se inauguró en Puerto Argentino un museo con características similares pero con el relato británico, hecho que pude comprobar cuando volví a las Islas en 2018.

Tras décadas de desmalvinización y silencio, el Museo surge como respuesta a una demanda social por memoria y soberanía, reafirmando que Malvinas trasciende divisiones y constituye una causa común del pueblo argentino.
Este dato no es menor, porque a pesar de las diferentes interpretaciones de Malvinas, nunca debemos perder de vista que nuestro territorio sigue bajo ocupación británica y las Islas del Atlántico Sur y su mar adyacente siguen siendo saqueados y depredados con permisos ilegales concedidos por el gobierno británico usurpador establecido en Puerto Argentino. Pequeñas quedan las grietas internas cuando hablamos de Malvinas, pero a veces necesitamos que la política partidaria decrete una tregua y se una en nuestro Museo; la Patria es más importante siempre y hay que amarla, al decir de la Madre Teresa de Calcuta, “hasta que duela”, y eso nos pide despojarnos de nuestro orgullo.
Por eso me propuse en mi gestión sostener todos los contenidos que hacen a la cuestión de soberanía de nuestras Islas Australes, pero con el objetivo claro de que cobren un mayor protagonismo los valores, el coraje y el honor con el que nuestros camaradas y soldados fueron a recuperar y defender a la Patria. Por eso es para mí una total prioridad que cada madre o familiar de caído visite nuestro Museo, sienta que el espacio está a la altura de lo que fue dar la vida por nuestra soberanía y que los niños que nos visitan sepan que además de las Islas estamos hablando también de nuestros derechos en la Antártida.
Porque está claro que el Museo no es de ningún individuo ni grupo reducido, sino que es del pueblo argentino. Pero por sobre todas las cosas, el Museo es una institución pensada para los argentinos del mañana, quienes serán los que sin duda van a ver flamear nuevamente nuestra bandera en nuestras Islas, tal como lo vivimos muchos en aquellos imborrables meses de 1982. Por eso es mi opinión que quienes nos visiten deben salir llenos de esperanza, enamorados de nuestra bandera y orgullosos de pertenecer a una nación que hizo sus fronteras sin robar tierra a nadie, que no ejerció el derecho de la victoria, que llevó la libertad a otras y que abrió sus brazos, cual madre buena, a todos los habitantes del mundo que huyeron del dolor, la guerra y la pobreza en sus países sin pedir nada a cambio. Ser argentino es un privilegio que nos fue concedido sin duda, y acá debe estar la fuente en donde beber la soberanía que alimenta el orgullo nacional. Sin soberanía completa no hay Patria y quienes integramos este Museo lo tenemos bien claro.

