JORGE MALENA. DIRECTOR DEL COMITÉ DE ASUNTOS ASIÁTICOS (CARI)
El ascenso de China como actor global es uno de los fenómenos más relevantes del sistema internacional contemporáneo. Comprender su evolución requiere analizar tres dimensiones interrelacionadas: su transformación interna, la redefinición de su estrategia marítima y el impacto regional.
China muestra un proceso continuo en el que se combinan cambios estructurales y persistencias doctrinarias que permiten explicar la naturaleza de su actual proyección de poder, de su creciente presencia en distintas áreas del planeta, incluido el Atlántico Sur.
Tras la muerte de Mao Zedong, la llegada de Deng Xiaoping supuso un punto de inflexión. La reforma iniciada en 1978 instaló un modelo gradual de apertura económica, descentralización productiva y búsqueda de inserción internacional. Este camino se caracterizó por una consigna fundamental: mantener la estabilidad interna mientras se transformaba profundamente el aparato económico. Con el paso de las décadas, China se consolidó como un centro manufacturero mundial, incrementó su participación en el comercio global y se integró a las principales instituciones de gobernanza económica. Ese crecimiento modificó su relación con el entorno regional y global, y planteó nuevas demandas para su política exterior y su estrategia de defensa.
En el plano militar, la modernización de la Armada del Ejército Popular de Liberación tuvo una figura central: el almirante Liu Huaqing. Su aporte doctrinario redefinió la concepción marítima de China, que históricamente se había limitado a la defensa costera y carecía de una proyección oceánica significativa. Liu planteó un desarrollo en etapas: primero asegurar el control del mar cercano; luego extender la capacidad operativa hacia la primera cadena de islas; posteriormente avanzar hacia la segunda cadena; y, finalmente, contar con presencia en mares cada vez más distantes. Este pensamiento introdujo una lógica marítima que, con el tiempo, se materializó en la expansión de capacidades navales, en la adquisición de portaviones, en la mejora de la flota submarina y en la incorporación de sistemas de defensa que permiten a China influir en su entorno geográfico inmediato.
La relación entre economía y estrategia se vuelve evidente en la necesidad de proteger las rutas de abastecimiento que conectan a China con los mercados globales. El país es altamente dependiente del flujo constante de energía y materias primas, lo que convierte puntos críticos como el estrecho de Malaca en elementos centrales de su seguridad nacional. Esta vulnerabilidad impulsó la creación de una red de infraestructura portuaria y de apoyo logístico en lugares clave del océano Índico, conocida como el “collar de perlas”. Estas instalaciones, complementadas con la base en Yibuti, buscan asegurar las vías de comunicación marítima que permitan sostener el comercio exterior chino.
En paralelo, la Iniciativa de la Franja y la Ruta articuló un entramado de corredores terrestres y marítimos destinado a fortalecer la conectividad global y promover la infraestructura en países socios. Su componente marítimo refleja el interés chino por garantizar rutas estables y tacablediversificar opciones logísticas. La articulación entre inversiones, financiamiento, comercio y presencia portuaria amplió considerablemente la influencia económica del país, generando una red de vínculos que se extiende por Asia, África, Europa y América Latina.
La modernización militar acompañó esta expansión. China incorporó unidades navales de mayor porte, desarrolló capacidades aeronavales y consolidó un sistema de negación de área capaz de limitar la presencia de actores externos en su entorno inmediato. Esto se observa en el estrecho de Taiwán, donde la tensión ha aumentado de manera sostenida, y en el mar de la China Meridional, donde se superponen reclamos territoriales, construcción de islas artificiales y despliegue de medios militares. En este contexto, la rivalidad con Estados Unidos se expresa tanto en el plano militar como en el económico y tecnológico, configurando un escenario de competencia estratégica que afecta a todas las regiones.
América Latina y el Atlántico Sur forman parte de este entramado. La presencia china en la región se intensificó mediante el comercio, la inversión y la cooperación en sectores como infraestructura, energía, tecnología y logística. La demanda de alimentos, minerales y productos primarios ha convertido a Sudamérica en un socio clave para el abastecimiento chino. En el ámbito marítimo, el Atlántico Sur se destaca por sus recursos pesqueros, por la importancia de sus rutas y por su proyección hacia la Antártida. La presencia de flotas pesqueras extranjeras en las proximidades de la Zona Económica Exclusiva argentina constituye un factor de atención permanente, en el que convergen intereses estratégicos, económicos y ambientales.
El análisis del ascenso chino plantea interrogantes sobre el futuro del orden internacional. La competencia entre China y Estados Unidos en distintos planos, comercial, tecnológico, diplomático y militar, crea un entorno donde los países deben comprender la dinámica global para orientar sus políticas exteriores. Para la Argentina, esto implica examinar cómo se articula la presencia china en el Atlántico Sur, qué oportunidades ofrece su crecimiento y qué desafíos plantea para la protección de los intereses nacionales.
China ha recorrido un camino que combina continuidad política, cambios económicos de gran escala, modernización militar y creciente inserción internacional. Su proyección marítima no es un fenómeno aislado, sino el resultado de un proceso histórico coherente. Entender esta trayectoria permite analizar las transformaciones del sistema internacional y sus efectos en regiones estratégicas como el Atlántico Sur, donde convergen intereses globales, recursos naturales y desafíos de gobernanza marítima.
La trayectoria china muestra que su proyección marítima es el resultado de un proceso histórico coherente, con implicancias estratégicas crecientes para regiones clave como el Atlántico Sur.
