JUAN E.BATTALEME, ESPECIALISTA EN DEFENSA
La competencia estratégica entre Estados Unidos y China define uno de los procesos centrales del orden internacional contemporáneo. Su dimensión naval constituye un elemento decisivo para comprender cómo se configuran las capacidades militares, las alianzas y la arquitectura de seguridad en el Indo-Pacífico y, por extensión, en los demás espacios marítimos del mundo. Este escenario se sostiene sobre transformaciones doctrinarias profundas que alcanzan no sólo a las grandes potencias, sino a sus socios y aliados, y reconfigura de manera progresiva las prácticas operativas, logísticas e industriales vinculadas al poder marítimo.
El punto de partida de este cambio se expresa en tres conceptos que sintetizan la evolución de la cooperación naval estadounidense y que hoy estructuran la acción conjunta de las fuerzas que integran su red de alianzas: la interoperabilidad, la intercambiabilidad y la co-sustentabilidad. Cada uno representa un nivel de integración superior al anterior. La interoperabilidad establece la capacidad de operar juntos bajo estándares compatibles. La intercambiabilidad lleva esa coordinación a un plano en el que los medios pueden reemplazarse entre sí, priorizando la misión por encima del origen nacional del material. La co-sustentabilidad finalmente implica un nivel de integración industrial y logística que permite sostener la operación conjunta a largo plazo mediante cadenas de suministro compartidas. Este proceso no surge de la teoría, sino de la necesidad: se ajusta a los costos crecientes de los sistemas de defensa, a la complejidad tecnológica y a la dinámica cada vez más exigente del combate naval futuro.
Estas transformaciones se inscriben en un marco doctrinario que recupera principios clásicos del pensamiento naval. Mahan aporta la noción de control del mar como condición de primacía estratégica; Corbett introduce la idea de que el dominio marítimo es un medio para influir en el teatro terrestre; Tirpitz desarrolla la lógica de la flota en potencia como factor disuasivo. La competencia actual combina elementos de estas tres visiones: la necesidad estadounidense de sostener el control de rutas oceánicas, la estrategia china de proyectar influencia desde el litoral hacia las cadenas de islas, y el equilibrio entre acceso, negación y disuasión que organiza la rivalidad en el Indo-Pacífico. A ello se suma la emergencia de doctrinas modernas, como el offshore control, que plantea bloquear a China en sus propias líneas de comunicación marítima para impedir que proyecte fuerza más allá de su entorno inmediato.

El avance tecnológico y doctrinario se expresa en prácticas concretas: dispersión de medios, operaciones distribuidas, sensores en red, plataformas más pequeñas pero más numerosas, y un uso intensivo de la información como multiplicador de fuerza. Todo esto configura un entorno operativo caracterizado por alta intensidad potencial, gran velocidad de decisión y un uso creciente de capacidades autónomas. El poder naval deja de depender exclusivamente de grandes unidades para apoyarse en arquitecturas flexibles, resilientes y adaptadas a escenarios degradados.
El Indo-Pacífico se consolida así como el principal foco de competencia estratégica. Allí convergen intereses comerciales, energéticos y de seguridad que afectan directamente la estabilidad global. La primera y la segunda cadena de islas actúan como anillos geográficos que condicionan la expansión china y otorgan profundidad estratégica a Estados Unidos y sus aliados. La presencia militar, los ejercicios combinados y la integración doctrinaria sirven para sostener un equilibrio que, de alterarse, tendría consecuencias en toda la red marítima mundial.
En este contexto, América Latina ocupa un lugar relevante por su potencial para integrarse a esa arquitectura de seguridad, ya sea en términos operativos, industriales o logísticos. Los países de la región han establecido patrones diferenciados de cooperación con socios externos. Chile mantiene vínculos con la industria británica y ha desarrollado un programa naval robusto y sostenido; Perú se asocia con Corea del Sur; Brasil articula capacidades con Alemania y Francia; y Argentina participa de ejercicios multinacionales como UNITAS, que funcionan como plataformas de integración doctrinaria y operativa. Estas elecciones reflejan decisiones estratégicas que condicionan el desarrollo naval de cada país y determinan su capacidad de insertarse en redes internacionales de defensa.
La dinámica global plantea desafíos particulares para el Atlántico Sur. Se trata de un espacio donde confluyen rutas marítimas de importancia creciente, recursos naturales valiosos y actores extra regionales con intereses específicos. La interacción de flotas pesqueras extranjeras, la presencia de potencias con capacidades navales avanzadas y la necesidad de proteger líneas de comunicación exigen una estrategia que combine vigilancia, cooperación y desarrollo de capacidades propias. La región, a pesar de su potencial, opera muchas veces en un estado de baja intensidad estratégica, condicionado por limitaciones estructurales y por una visión fragmentada del entorno marítimo.
En este marco, Argentina enfrenta una disyuntiva entre el mantenimiento del statu quo y la adopción de una visión más amplia del poder marítimo. La ausencia de una política sostenida en materia de construcción naval, la discontinuidad de programas estratégicos y la falta de integración industrial limitan la capacidad de respuesta del país frente a un entorno que se vuelve cada vez más exigente. La soberanía marítima requiere no solo presencia efectiva, sino una articulación entre ciencia, industria y defensa que permita generar capacidades sostenibles. La complejidad del escenario internacional indica que la defensa del interés nacional no puede basarse exclusivamente en medios tradicionales, sino en una mirada que combine doctrina, tecnología, alianzas y desarrollo de infraestructura.

La competencia global también redefine la naturaleza del poder naval. La información se convierte en un recurso central, capaz de alterar la relación entre plataformas y operaciones. La proliferación de sensores, la interconexión de sistemas y la necesidad de procesar grandes volúmenes de datos en tiempo real establecen un entorno en el que la ventaja depende tanto del análisis como de la capacidad de fuego. Esto exige una cultura estratégica que incorpore la multidimensionalidad del combate moderno y que reconozca la importancia de la formación, la investigación y la interoperabilidad.
La evolución del escenario marítimo internacional demuestra que el poder naval sigue siendo un factor determinante en la política global. Las potencias que logran integrar doctrina, tecnología e industria definen los ritmos del sistema internacional. En el Indo-Pacífico, esa dinámica adopta la forma de una competencia abierta; en otras regiones, se manifiesta como influencia económica, presencia estratégica o cooperación militar. Para países como Argentina, comprender esta lógica es el primer paso para orientar su desarrollo naval y para diseñar políticas que aseguren la defensa eficaz de sus intereses marítimos.

Juan Battaleme es exsecretario de Asuntos Internacionales de Defensa de la Argentina, con amplia experiencia en diplomacia de defensa, seguridad internacional y política estratégica. Trayectoria comprobada en la conducción de iniciativas multilaterales, la negociación de acuerdos de cooperación en defensa y el fortalecimiento de la vinculación de la Argentina con socios internacionales clave. Líder académico y docente con experiencia en gestión superior en instituciones de educación superior, especializado en relaciones internacionales, defensa nacional y tecnologías emergentes.
