ALEJANDRO L. CORBACHO. DIRECTOR DEL OBSERVATORIO DE SEGURIDAD Y DEFENSA UCEMA
¿Durante años relegadas en las prioridades de defensa, las armadas recuperan centralidad en un escenario internacional marcado por la competencia estratégica, la presión sobre las rutas marítimas y la revalorización del dominio del mar.
El pensamiento estratégico naval constituye un elemento central para comprender el funcionamiento del instrumento militar marítimo y su rol dentro de los sistemas de defensa contemporáneos. Durante varias décadas, y especialmente tras el fin de la Guerra Fría, las armadas fueron consideradas una prioridad secundaria dentro de los presupuestos de defensa. La combinación de reducciones presupuestarias, la percepción de que las guerras interestatales habían desaparecido y la irrupción de nuevas tecnologías, como los drones, llevó a que numerosos países descuidaran la renovación y reposición de sus flotas. El resultado fue el envejecimiento o la obsolescencia de numerosos buques, en un contexto donde la recuperación de capacidades navales requiere inversiones complejas y de largo plazo.
El escenario internacional actual demuestra, sin embargo, un retorno de la competencia estratégica entre grandes potencias y un proceso de revalorización del poder naval. El resurgimiento de actores extrarregionales, como China, en espacios marítimos antes periféricos, el reposicionamiento de fuerzas en el Ártico debido al retroceso del hielo, y la creciente importancia de las rutas marítimas globales muestran que las armadas han recuperado protagonismo. La ampliación de corredores estratégicos, la posibilidad de obstrucción de rutas y el valor geopolítico de puertos y estrechos configuran un entorno donde el dominio del mar vuelve a ser un factor de poder.
Dentro de esta dinámica resulta necesario diferenciar tres planos conceptuales: el pensamiento naval, la estrategia naval y el pensamiento marítimo. El pensamiento naval refiere al modo en que se concibe y emplea el buque como instrumento militar; la estrategia naval define cómo, dónde y con qué finalidad se despliega ese instrumento; y el pensamiento marítimo abarca el conjunto de actividades asociadas al uso del mar, pesca, puertos, energía, transporte, logística, que sostienen el poder marítimo de un Estado. La estrategia marítima, a su vez, comprende la forma en que un país administra, protege y controla el conjunto de sus intereses en el ámbito marítimo. Si bien estas dimensiones están estrechamente vinculadas, existe un punto central: sin poder naval suficiente, la implementación de una estrategia marítima resulta prácticamente inviable.
La determinación de una estrategia marítima depende de las definiciones políticas y de las capacidades disponibles. Los debates entre armadas costeras, fuerzas de aguas azules o modelos intermedios responden a interrogantes fundamentales: qué quiere hacer un país en el mar, qué puede hacer y con qué recursos cuenta. A ello se agrega la competencia presupuestaria con otras fuerzas armadas y la influencia decisiva de las áreas económicas del gobierno. La disponibilidad de recursos y las prioridades macroeconómicas condicionan directamente la renovación, mantenimiento y proyección del instrumento naval.
El pensamiento estratégico naval moderno tiene antecedentes que se consolidaron durante el siglo XIX, período en el que se produjo una transformación radical en la tecnología naval y en la forma de entender el poder en el mar. En pocas décadas, la navegación a vela fue reemplazada por buques de hierro, vapor, blindaje y turbinas, lo que redefinió doctrinas, tácticas y necesidades logísticas. Esta modernización coincidió con la expansión global del imperialismo europeo, la protección de rutas comerciales y la creación de academias navales que sistematizaron el estudio de la guerra en el mar.
En este contexto emergieron autores fundamentales. Alfred Thayer Mahan destacó la importancia del dominio del mar para el poder nacional, subrayando la necesidad de flotas capaces de controlar rutas y destruir a las fuerzas navales enemigas. Su obra influyó en Estados Unidos, Alemania y Japón, y contribuyó al inicio de una era de fuerte navalismo. Previamente, los hermanos Colomb habían desarrollado la doctrina británica de la alta mar, argumentando que la defensa del imperio requería una flota capaz de operar lejos de las costas. Julian Corbett introdujo una visión más integradora, entendiendo el poder naval en relación con la estrategia general del Estado y señalando que la guerra marítima no puede analizarse de manera aislada, sino como parte de un sistema mayor que incluye fuerzas terrestres y objetivos políticos.
El impacto de estas ideas derivó en reformas trascendentes, como la Naval Defense Act de 1889, que fijó para el Reino Unido la política del “two-power standard”, es decir, mantener una armada superior a la suma de sus dos principales competidores. Se crearon estados mayores navales, servicios de inteligencia marítima y sistemas de planificación que permitieron pasar de acciones dispersas a estrategias coherentes y permanentes. Este proceso se replicó en numerosas potencias emergentes, dando lugar a una verdadera carrera armamentista naval en Europa, América y Asia.
El desarrollo tecnológico aceleró aún más estas transformaciones. La aparición del torpedo, los destructores, los cruceros, el submarino, el radar y la aviación naval redefinió el modo de operar en el mar. El lanzamiento del Dreadnought en 1906 volvió obsoletas todas las flotas existentes, modificando el equilibrio de poder y demostrando que la innovación puede alterar de manera inmediata la correlación estratégica.
Las experiencias francesas de la Jeune École, basadas en la interrupción del comercio enemigo mediante flotas de ataque ligero, así como las leyes navales promovidas por Tirpitz en Alemania, que impulsaron la creación de una “flota de riesgo” capaz de desafiar a la Royal Navy, muestran la diversidad de enfoques surgidos en este período. Todos ellos, sin embargo, compartieron un rasgo común: la convicción de que el poder naval era un componente imprescindible del poder estatal.
La comparación con la actualidad revela paralelos significativos. El siglo XXI presencia un retorno del protagonismo naval en un entorno marcado por la competencia entre grandes potencias, el aumento del tráfico marítimo, las tensiones en rutas críticas, la expansión tecnológica y el surgimiento de nuevas armadas con aspiraciones regionales o globales. Las mismas preguntas que guiaron la reflexión estratégica en el siglo XIX —cómo proteger rutas, cómo posicionar fuerzas, cómo sostener capacidades, cómo responder a innovaciones disruptivas— vuelven a tener relevancia.
Lejos de quedar obsoletas por la aparición de drones o tecnologías emergentes, las armadas enfrentan un proceso de adaptación comparable al que atravesaron en otros cambios históricos. Las innovaciones se integran, modifican procedimientos y transforman doctrinas, pero no reemplazan la necesidad de contar con fuerzas capaces de proyectar presencia, asegurar rutas, disuadir agresiones y sostener intereses vitales en el mar.
La evolución del pensamiento estratégico naval, observada en perspectiva, permite comprender la continuidad histórica de estos desafíos y subraya la importancia de reflexionar sobre el papel del poder naval en un mundo donde el mar continúa siendo un espacio decisivo para la seguridad, la economía y la política internacional.
La trayectoria histórica del pensamiento estratégico naval confirma que, más allá de las innovaciones tecnológicas, el control del mar continúa siendo un factor decisivo del poder estatal.