UNIVERSIDAD DE LA DEFENSA NACIONAL
Las comunidades políticas se sostienen sobre una combinación de memoria y expectativa. Ninguna sociedad existe únicamente por aquello que recuerda ni por aquello que proyecta; la continuidad histórica depende de la capacidad de articular un pasado compartido con una idea de futuro capaz de otorgarle sentido. Malvinas constituye uno de los ejemplos más elocuentes de esa tensión en la experiencia argentina contemporánea.
Durante décadas, la memoria ocupó un lugar central. La guerra de 1982, el reconocimiento a los veteranos, la recuperación de testimonios, la identificación de los caídos y la reconstrucción histórica fueron indispensables para una sociedad que necesitaba comprender uno de los acontecimientos más trascendentes de su historia reciente. No hay política nacional seria que pueda construirse sobre el olvido.
Sin embargo, como toda memoria colectiva, existe el riesgo de que se transforme en ritual. Y si bien los rituales cumplen la función esencial de preservar identidades y transmitir experiencias entre generaciones, también pueden convertirse en prácticas repetitivas que terminan sustituyendo aquello que originalmente buscaban movilizar. La persistencia de la causa Malvinas exige evitar ese riesgo. El principal desafío argentino ya no consiste únicamente en recordar; consiste en pensar.
Pensar Malvinas en el siglo XXI implica reconocer que la disputa excede ampliamente el episodio de 1982. Supone comprender que se trata de una cuestión geopolítica, jurídica, diplomática, económica, científica y estratégica cuya vigencia permanece intacta.
Las islas constituyen el aspecto más visible de una realidad mucho más amplia. El Atlántico Sur, los espacios marítimos circundantes, los recursos, las rutas de navegación, la proyección antártica y las transformaciones del sistema internacional forman parte de un mismo escenario. Malvinas no se limita a un territorio ocupado; involucra una determinada configuración del espacio austral y la manera en que los Estados proyectan presencia, autoridad y legitimidad sobre él.
En este contexto resulta necesario evitar dos simplificaciones igualmente improductivas. La primera consiste en reducir Malvinas a una experiencia exclusivamente vinculada al pasado y la segunda interpretarla únicamente desde una lógica de confrontación militar.
La Constitución Nacional ofrece una orientación inequívoca. Su Disposición Transitoria Primera establece que la recuperación del ejercicio pleno de la soberanía constituye un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino y que deberá realizarse conforme a los principios del derecho internacional y respetando el modo de vida de los habitantes de las Islas.

Esa definición expresa una decisión estratégica de largo plazo. La Argentina resolvió, a través de su máximo instrumento normativo, que una de sus principales causas nacionales sería sostenida mediante la fuerza de la legitimidad jurídica y política antes que por la lógica de la coerción. De ninguna manera se trató de una renuncia, sino de una elección que reconoce al derecho internacional como el marco legítimo para la defensa de los intereses nacionales.
La defensa nacional participa plenamente de ese esfuerzo como parte de una estrategia más amplia, articulada con la política exterior, el desarrollo científico y tecnológico, la presencia estatal en los espacios australes y la construcción sostenida de capacidades nacionales. La recuperación de la soberanía no depende únicamente de declaraciones diplomáticas ni de evocaciones históricas; depende también de la capacidad de comprender el escenario estratégico en el que la disputa se desarrolla y de actuar sobre él con inteligencia, continuidad y visión de largo plazo.
En ese sentido, la producción de conocimiento adquiere una relevancia particular. Las disputas por la soberanía no se libran solamente sobre territorios; también se desarrollan sobre mapas, capacidades científicas, sistemas logísticos, marcos regulatorios e interpretaciones de la realidad. Renunciar a producir conocimiento implica depender del conocimiento producido por otros. Abandonar la capacidad de interpretar el espacio estratégico supone resignar parte de la autonomía necesaria para actuar sobre él.
La Universidad de la Defensa Nacional asume esa responsabilidad como parte de su misión institucional. Formar profesionales, promover la investigación y contribuir al debate público sobre la defensa nacional significa también aportar a una comprensión más rigurosa y compleja de la cuestión Malvinas, alejada tanto de las simplificaciones ideológicas como de las resignaciones disfrazadas de realismo.

Las grandes causas nacionales sobreviven cuando son capaces de renovarse sin perder su identidad; cuando logran transformar la memoria en proyecto y la historia en horizonte de acción y Malvinas pertenece a esa categoría de causas. No constituye únicamente una herida abierta de nuestra historia ni un capítulo pendiente de resolución diplomática, es también una pregunta permanente acerca de la manera en que la Argentina se piensa a sí misma, define sus intereses estratégicos y proyecta su lugar en el mundo.
Por eso Malvinas continúa interpelando a cada generación. No porque remita únicamente a lo que ocurrió, sino porque obliga a reflexionar sobre aquello que todavía está por construirse. Malvinas no es una cuestión del pasado. Es, ante todo, una cuestión de futuro.

