COM. (R) MÁG. PABLO A. FARÍAS DIRECTOR DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN INTELIGENCIA ESTRATÉGICA, UNDEF INVESTIGADOR Y DOCENTE DE LA FACULTAD MILITAR CONJUNTA
El conflicto de Malvinas permite observar una dimensión central de la eficacia militar: el ethos profesional. Más allá de los medios disponibles, la consistencia de este habitus institucional resultó determinante para sostener la misión y traducir la estrategia en conducta efectiva en combate.
En el marco del pensamiento estratégico militar, la eficacia de una campaña no puede supeditarse exclusivamente a la acumulación de sistemas de armas ni a una sofisticada doctrina operacional. El factor decisivo que traduce la formulación abstracta de la estrategia en una conducta efectiva para el combate es el ethos profesional. Este constituye el núcleo multiplicador de la capacidad operativa y la piedra angular de la credibilidad disuasiva como sustento de su capacidad de empleo legítimo de la fuerza como última ratio del Estado.
Malvinas constituye un caso de estudio paradigmático en relación con la ponderación del factor humano en la eficacia del combate, y expone una advertencia estratégica insoslayable: aun en presencia de limitaciones en el diseño estratégico-operacional, la consistencia del ethos profesional resultó decisiva para reducir la brecha entre la formulación operacional y su ejecución en el combate. La experiencia histórica demuestra que la eficacia en el combate, aún en un contexto de marcada disparidad tecnológica, se sostuvo en la solidez de un habitus profesional caracterizado por la competencia, la disciplina y el liderazgo.
El Conflicto del Atlántico Sur constituye una instancia de observación empírica y validación estratégica que orienta el debate académico en torno a las condiciones estructurales que fortalecen o degradan este activo intangible estratégico de la defensa. A tal efecto, se abordará en forma transversal, a partir del análisis del Ethos del “Piloto de Caza”, la relación entre ethos militar y eficacia operacional; la tensión entre procesos político-institucionales orientados por la misión y aquellos centrados en la administración de capacidades; los efectos de la adaptación prolongada a escenarios de escasez sobre la cultura organizacional; y, por último, el impacto de condiciones operativo-tecnológicas en la regeneración de genuinos umbrales de exigencia.
El centro de gravedad de la actual Política de Defensa representa un punto de inflexión en relación a los aspectos precedentes, orientada a restablecer progresivamente las condiciones estructurales necesarias para que el ethos profesional vuelva a constituirse en fundamento de la credibilidad estratégica del sistema militar. En ese sentido, amerita profundizar una mirada hacia dimensiones específicas del conflicto y, particularmente, el papel que desempeñaron las disposiciones incorporadas para afrontar el combate frente a manifiestas condiciones de inferioridad operacional, informacional o logística.
Desde esta perspectiva, la Guerra de Malvinas revela con particular claridad la importancia del ethos profesional como uno de los fundamentos prácticos de la acción militar, como condición habilitante para sostener la misión en escenarios caracterizados por el riesgo, la incertidumbre y la asimetría. Por ello, es necesario despojar a esta condición estructural de toda carga épica o exaltación heroica, y entenderla como una “disposición práctica”. Inspirándose en Pierre Bourdieu, este ethos militar debe entenderse como un habitus institucional constituido por un sistema de disposiciones duraderas e incorporadas, en el cual la acumulación y transmisión de capital simbólico y profesional adquieren una particular centralidad.

Dichas disposiciones se organizan en función de las condiciones del campo militar, orientando la reproducción de prácticas coherentes que configuran la percepción de la misión y la toma de decisiones bajo presión, sin necesidad de explicitación consciente, garantizar la correspondencia entre capacidades, misión y política, así como su continuidad operativa y eficacia estratégica.
La integración de las perspectivas de Clausewitz sobre las “fuerzas morales” y de Huntington y Janowitz sobre la identidad profesional permite comprender el ethos como la base estructural que condiciona la conducta colectiva en combate. Desde esta óptica, el ethos deja de ser una herencia simbólica inerte para constituirse en una variable determinante: “condición institucional que habilita y sostiene la eficacia”.
Desde una apreciación crítica, la erosión de este ethos no solo deteriora el desempeño táctico, sino que además limita la generación de opciones operacionales y, con ello, restringe la libertad de acción del nivel estratégico, afectando directamente la capacidad de respuesta a las amenazas, riesgos y desafíos que enfrenta la Nación. En este sentido, la correspondencia entre la misión asignada, las capacidades disponibles y el ethos profesional —como variable determinante de la defensa— actúa como el verdadero centro de gravedad del poder militar. Sin esta tríada, la defensa corre el riesgo de conservar su forma institucional mientras pierde su esencia operativa y su eficacia estratégica.
La disposición para el combate: el núcleo del ethos militar
Este habitus no es un fenómeno espontáneo, sino una construcción histórica que en Argentina reconoce un núcleo de disposiciones prácticas —de propósito colectivo y responsabilidad asumida— que vincula a próceres como San Martín, Belgrano, Rosas y Roca con los combatientes de 1982; en ellos se identifican rasgos recurrentes, bajo configuraciones diferentes, que reaparecen en momentos críticos de la vida de la Nación.
In el piloto de caza, como caso testigo, operan de manera visible las dimensiones estructurantes de un ethos específico: la subordinación a la conducción política, la disciplina institucional, la responsabilidad personal indeclinable, la toma de decisiones bajo presión, la gestión del tiempo, el dominio tecnológico, la aceptación del riesgo y, de manera central, el compromiso con la misión. La consagración del piloto de caza no reside en la victoria, entendida como resultado contingente, sino en la fidelidad de su tránsito hacia el combate, es decir, al proceso de formación, exigencia y prueba que produce un habitus legítimo. En ese marco, el ethos se preserva aun en ausencia del triunfo, porque su fundamento no radica en el desenlace, sino en la forma de atravesar ese camino: ad astra per aspera.
No corresponde, por tanto, leerlo como una figura espontánea excepcional o de una épica histórica separada del cuerpo social al que pertenece y se debe. Una lectura de ese tipo empobrecería el análisis al desplazar el problema central de las condiciones estructurales requeridas para su sostenimiento hacia una supuesta singularidad personal. Resulta pertinente destacar que su valor analítico excede la especialidad que encarna, así como cualquier valoración heroica o excluyente. Remite, más bien, a una esencia profesional que, bajo formas diversas, atraviesa al conjunto de quienes, desde sus respectivas funciones, integran las Fuerzas Armadas de la Nación.
En este sentido, todos ellos se reconocen en un mismo ethos profesional al compartir una lógica institucional orientada por la misión. La diversidad de roles y responsabilidades, lejos de fragmentar esa unidad, la organiza en torno a un propósito común sostenido por la disciplina, la responsabilidad y el compromiso común.

En la aviación militar esa dimensión adquiere una forma especialmente nítida porque el medio impone una validación natural severa. La gravedad no concede indulgencias. La velocidad comprime el proceso de decisión. El vuelo obliga a sostener una secuencia continua, de calza a calza, que no admite interrupciones reales ni autoengaño operativo en un entorno de alta complejidad, rapidez de respuesta y márgenes mínimos de error. Entre el despegue y el aterrizaje, la misión transcurre en un régimen de continuidad, riesgo y exigencia en el que la distancia entre aptitud declarada y aptitud real se vuelve especialmente evidente. Ya en el camino hacia la aeronave, lo accesorio se desvanece: las ideas se ordenan, las convicciones se afirman y la misión se concentra en un propósito único, asumido y compartido.
La aviación de caza, como caso de observación estratégica, adquiere una centralidad analítica particularmente visible en donde la corroboración empírica del caso se apoya en un conjunto convergente de evidencias, resultados tácticos obtenidos en combate, costos impuestos al oponente, nivel previo de adiestramiento, disponibilidad relativa de medios y testimonios propios y de actores externos sobre la conducta profesional observada bajo presión.
Del control político a la conducción estratégica del instrumento militar
El conflicto no creó ese ethos: lo sometió a prueba y lo verificó en combate; poniendo en evidencia tanto el grado de articulación o dislocación sistémica, como la influencia de ese habitus profesional en la brecha entre la capacidad potencial y la capacidad real. En consecuencia, hoy el interrogante no se remite a la identificación de las condiciones que hicieron posible aquella respuesta; sino aquellas que —en el período posterior a Malvinas— incidieron estructuralmente en la calidad de su desarrollo y sostenibilidad.
La subordinación militar al poder civil constituyó una condición indispensable para la consolidación democrática. Sin embargo, en ciertos períodos, su traducción práctica derivó en una lógica de contención orientada más a limitar capacidades que a conducirlas estratégicamente. En ese contexto, los procesos de adaptación estructural a la escasez funcionaron como respuestas raíces, al permitir administrar recursos limitados, evitar el colapso y sostener la continuidad institucional. No obstante, cuando esa adaptación deja de ser excepcional y se afianza como condición de normalidad, produce un impacto estructural negativo: la lógica de supervivencia comienza a configurar un nuevo habitus institucional, expresado en la consolidación de un ethos de abstención como mecanismo de autoprotección.
Este proceso no se manifiesta necesariamente en una pérdida de disciplina o profesionalismo. Por el contrario, puede dar lugar a organizaciones ordenadas, eficientes en contextos de restricción y capaces de sostenerse en condiciones adversas. Sin embargo, allí reside su principal riesgo: la organización se mantiene funcional, pero progresivamente calibrada para escenarios distintos de aquellos frente a los cuales debería medir su aptitud real, transformando una lógica inicialmente estabilizadora en un criterio implícito de diseño y empleo del instrumento militar.
Por otro lado, en el marco de una lectura insuficientemente problematizada del entorno estratégico y priorización de misiones subsidiarias, se desarrolla un proceso de impacto profundo en la cultura de la organización militar generado por la tensión que se manifiesta en el desplazamiento de una «lógica de misión» —orientada por el imperativo del “qué debo hacer”— hacia una «lógica de servicios», subordinada a la administración restrictiva del “qué puedo hacer con lo que tengo”.

Cuando la limitación material, conforme a un escenario de contención, deja de ser coyuntural para convertirse en un criterio estructurante de diseño, la institución corre el riesgo de normalizar la carencia bajo un «conservadurismo adaptativo». Este fenómeno deriva en un «ethos de abstención» que funciona como mecanismo de autoprotección institucional, pero que recalibra negativamente la percepción de normalidad, reduce el horizonte de ambición estratégica, desalienta la innovación doctrinaria y, en términos concretos, vacía progresivamente de contenido el propósito operativo, político y simbólico del instrumento militar. El peligro sistémico radica en que la organización mantenga su andamiaje administrativo y formal, mientras erosiona silenciosamente su voluntad de combate y su aptitud para enfrentar conflictos de alta intensidad vinculados a su misión.
En este punto, la cuestión trasciende lo organizacional y se proyecta al plano político-institucional. Un control civil equilibrado no neutraliza capacidades por contención, sino que las gobierna, orienta e integra en una estrategia estatal. La gobernabilidad democrática del poder militar exige una conducción política capaz de ordenar, financiar, evaluar y emplear capacidades profesionales mediante mecanismos eficaces de subordinación.
En este sentido, la actual política de defensa nacional puede interpretarse como un proceso orientado a superar una lógica de contención para avanzar hacia una conducción centrada en la recuperación, organización y empleo efectivo del instrumento militar, donde la recomposición material se articula con una reconfiguración doctrinaria, profesional e institucional enfocada en la misión.
La continuidad estratégica: por una tradición, una visión, un destino
La incorporación del F-16 Fighting Falcon trasciende una lectura técnico-operativa para posicionarse como un catalizador de excelencia al imponer un umbral de exigencia que consolida un ethos profesional sobre la base de la misión, la aptitud operacional y la capacidad efectiva de disuasión vinculada con los desafíos que plantean los escenarios de interés.
Del Gloster Meteor al F-16 Fighting Falcon, pasando por el North American F-86 Sabre, la familia Dassault Mirage III/V, el Douglas A-4 Skyhawk, el Canberra Mk.62, el IA-58 Pucará y el IA-63 Pampa, entre otros sistemas de armas, configuran un proceso en el que se inscribe la construcción del núcleo identitario del piloto de caza.
Este hito asegura, a su vez, la transmisión intergeneracional de conocimientos doctrinario-operativos, cuya continuidad resulta clave para la consistencia estratégica de los sistemas de armas dedicados a la defensa del aeroespacio nacional, cerrando así la brecha entre el habitus heredado de la aviación de combate y las condiciones objetivas necesarias para su desarrollo y sostenimiento. A ello se suma su impacto sistémico estructural; la incorporación de un caza de cuarta generación se proyecta sobre el conjunto de la Fuerza Aérea y el Accionar Militar Conjunto en general, restituyendo roles, articulando capacidades y fortaleciendo estándares de interoperabilidad.
Malvinas como mandato de reflexión estratégica
El legado de Malvinas exige ser pensado más allá de un registro exclusivamente conmemorativo, aun cuando este honre con justicia el sacrificio de sus combatientes. Del mismo modo, tampoco puede reducirse a una lectura retrospectiva centrada únicamente en sus dimensiones estratégicas y operacionales.
Bourdieu nos permite comprender que la aptitud para combatir no nace de la improvisación, mientras que Clausewitz nos recuerda que en la guerra lo físico no agota el problema y que la fuerza moral constituye el metal noble de la verdadera arma. Entre ambos autores se ilumina el núcleo de este ensayo: sin soporte material no hay instrumento militar, pero sin habitus profesional y sin fuerza moral institucionalizada ese instrumento conserva su forma y pierde eficacia. Allí se juega, en definitiva, no solo la operabilidad de las Fuerzas Armadas, sino la credibilidad misma de la defensa de la Nación.
La pérdida del ethos no se manifiesta en forma abrupta sino de manera progresiva: el primer impacto se observa en la voluntad de combate: disminuye la iniciativa, se privilegia la preservación individual sobre la misión y se reduce la tolerancia al riesgo. En un segundo momento, se resiente la cohesión institucional: dando lugar a comportamientos defensivos, fragmentación interna y pérdida de confianza organizacional. Y, por último, el instrumento militar pierde credibilidad estratégica tanto hacia el interior del Estado como frente a actores estratégicos de interés.
Este es el camino que alcanzará la densidad estratégica necesaria si logra consolidarse en una cultura de defensa nacional capaz de permitir que la sociedad comprenda, interprete y acompañe estas transformaciones como parte de una responsabilidad colectiva vinculada a la soberanía, al interés nacional y a la continuidad institucional del Estado.
A la luz de las enseñanzas de Malvinas, cabe preguntarse si el centro de gravedad de la política de defensa resultará del adecuado equilibrio entre la incorporación de capacidades, la autonomía en áreas sensibles, la recuperación de saberes estratégicos propios y la generación del tipo de fuerzas que el Estado necesita para actuar con eficacia, previsión y legitimidad en escenarios crecientemente complejos. Ese equilibrio no puede reducirse a una cuestión presupuestaria ni a la adquisición aislada de medios materiales; supone articular doctrina, organización, tecnología, adiestramiento, logística, investigación aplicada y conducción política.

La eficacia de la Estrategia de Defensa dependerá del sostenimiento de la actual orientación política y del esfuerzo de reequipamiento en curso. En ese marco, el Ciclo de Planeamiento de la Defensa Nacional y la Directiva de Política de Defensa Nacional operan como referencias normativas capaces de traducir el ethos profesional en criterios verificables de política pública, planificación institucional y construcción progresiva de capacidades militares acordes con los desafíos del país.
De allí que el desafío central no consista solo en recuperar medios, sino en restituir sentido estratégico: definir prioridades, sostener continuidad, fortalecer consensos y vincular el instrumento militar con una visión nacional de largo plazo, consciente de su territorio, sus recursos, sus responsabilidades y su proyección soberana.
Ese esfuerzo impulsará el desarrollo de instituciones militares a partir de los factores orientados al resultado, esto es, al cumplimiento de la misión. Desde una perspectiva bourdieusiana, el Instrumento Militar de la Nación debe entenderse como un campo institucional compartido y altamente estructurado, concebido como un sistema de armas integral articulado sobre umbrales diferenciados de exigencia. El umbral de máxima exigencia que actuará como principio ordenador de prácticas, jerarquías y estándares, al tiempo que proyectará criterios de excelencia, responsabilidad y legitimidad. El umbral mínimo, por su parte, garantizará la sostenibilidad. La articulación dinámica entre ambos contribuirá a la adaptación, la coherencia y el desempeño concurrente de las Fuerzas Armadas de la Nación.
Finalmente, en entornos disruptivos e inciertos, el ethos profesional militar no solo definirá la calidad del desempeño institucional, sino que constituirá la base de la resiliencia estratégica cognitiva, al configurar un habitus que oriente la percepción, la decisión y la acción, generando una ventaja adaptativa frente a amenazas complejas y resguardando la libertad de acción del Estado.

