Ignacio Ezcurra. Memorias de Saigón

Por Luciano Zaldarriaga, coordinador editorial de la Revista FORTÍN\

Sobre una página en blanco, en la vieja Olivetti de Ignacio Ezcurra, descansaba esa oración inconclusa. Un colega de France‑Press la encontró al irrumpir en una habitación desierta, con papeles revueltos y la atmósfera de una partida abrupta. La periodista italiana Oriana Fallaci, quien también se encontraba en Vietnam como corresponsal de guerra, describió la habitación de Ezcurra: “La habitación de alguien que ha salido apresuradamente para volver enseguida.” Pero Ignacio no volvió. “Correrá mucha sangre…”. Esas palabras revelan, no solo su urgencia de contar, sino el silencio inicial que sembró su desaparición: se lo tragó la guerra.

Nacido en San Isidro, en una familia con linaje histórico que conectaba con Juan Manuel de Rosas y Bartolomé Mitre, Ezcurra comenzó su carrera en La Nación a los 22 años, escribiendo avisos clasificados. Pero su espíritu inquieto y su curiosidad lo llevaron a explorar el mundo: atravesó el continente americano a dedo de pé a pá, recorrió en moto Brasil y Perú, y documentó los matices del “Black Power” en Estados Unidos en los años 60. Su pasión por la fotografía y su mirada sensible convertían cada nota en un retrato personal, y no tardó en definirse como un periodista que buscaba comprender a la humanidad en todas sus facetas.

A pesar de tener un matrimonio reciente y una hija pequeña, y otra en camino, Ezcurra decidió que debía ir a Vietnam. A su madre le confesó: “Quiero ir y traer la verdad.” Y eso hizo. Desde su llegada, la guerra se presentó apabullante: helicópteros que rugían sobre arrozales casi sumergidos, aldeas consumidas por el fuego, techos de paja humeantes y caminos llenos de escombros. Soldados arrastrando pies cubiertos de barro y sudor, aldeanos que escondían a los niños bajo mantas sucias, miradas fijas llenas de miedo y desconfianza. Cada vuelo, cada calle, cada contacto humano era un recordatorio brutal de la vulnerabilidad y, al mismo tiempo, de la resistencia silenciosa que atraviesa los conflictos.

Un soldado de origen mexicano le recomendó un valle donde “todavía hay historia para contar”. Allí descendió en helicóptero, entre explosiones cercanas, para sentir la guerra desde adentro. Comprendió entonces que el periodismo no es solo mirar, sino estar dispuesto a que la historia te mire y te ponga a prueba. Saigón ofrecía otro tipo de riesgo. Cholon, el barrio chino, con fachadas agujereadas por disparos y niños jugando entre cuerpos cubiertos por mantas, era un microcosmos de la guerra. Calles donde el comercio se mezclaba con la violencia, donde la vida y la muerte convivían a pocos pasos. Allí, Ezcurra se movía ligero, sin casco ni chaleco, con la libertad y el coraje de quien quiere retratar la realidad sin intermediarios.

El 8 de mayo de 1968, mientras colegas lo acompañaban en un jeep, pidió que lo dejaran en medio de la ciudad. Y se desvaneció entre las sombras del conflicto.

 “La guerra no se comprende desde la distancia. Se vive, se huele, se siente, se cuenta y se transmite con intensidad.”

Palabras que revelan su visión del periodismo como compromiso moral y humano. No se trataba solo de documentar hechos: era un deber ético, una entrega absoluta a la verdad y a quienes no tenían voz. Años después, Sara Gallardo seleccionó sus crónicas en el libro Hasta Vietnam, donde se reúnen relatos que van desde las noches en Machu Picchu hasta la guerrilla salvadoreña, pasando por los matices del poder y la lucha social en Estados Unidos. Allí se aprecia su estilo: un periodismo humanista, apasionado por la verdad y atento a la vida de los demás, que no se conforma con enumerar hechos, sino que los interpreta y los hace sentir.

 

Manuel Mujica Láinez escribió que, a pesar de haber visto tanto, Ezcurra conservaba “candor y lozana pureza espiritual”. Su legado trasciende el periodismo: es un legado ético, la entrega total a un ideal de conocimiento y humanidad. Porque la guerra, como él sabía, no se comprende desde la distancia. Se vive, se huele, se siente, se cuenta, y se transmite con la intensidad de quien está dispuesto a todo por comunicar. Su mirada, incluso ausente, sigue enseñando que la verdad exige coraje y proximidad.

Hoy, leer sus crónicas es caminar con él por los arrozales de Vietnam, sentir el rugido de los helicópteros, el miedo de los soldados y la resiliencia de los civiles. Es entender que el periodismo puede ser heroico, delicado, temerario y profundamente humano al mismo tiempo. Y que, aunque algunos periodistas no regresen, su mirada sigue acompañándonos, recordándonos que la verdad no espera: se busca.

Ignacio Ezcurra murió joven, con apenas 28 años. Pero su vida y su trabajo permanecen como un recordatorio firme: la curiosidad, la valentía y la humanidad pueden ser armas más poderosas que cualquier guerra.