Cartografiar la Antártida. entre la ciencia, la soberanía y los mapas

María Dolores Puente. Responsable Área de Geografía. Dirección Nacional de Servicios Geográficos. Instituto Geográfico Nacional

Cada verano, cuando los aviones aterrizan en Marambio y el rompehielos se abre paso entre los hielos del Atlántico Sur, mar de Weddell y Bellingshausen, la Argentina despliega uno de sus mayores esfuerzos logísticos y científicos: la Campaña Antártica de Verano. Allí confluyen militares, científicos, técnicos, pilotos, marinos. Entre ellos, un grupo suele pasar desapercibido: los geógrafos, cartógrafos y técnicos del Instituto Geográfico Nacional (IGN). No son de las fuerzas ni hacen investigaciones o experimentos llamativos, pero cargan con una tarea que puede resultar más estratégica de lo que parece: nombrar, medir y representar un territorio que, por tratados internacionales, nadie puede poseer y sin embargo todos disputan.

Las preguntas surgen solas: ¿Qué significa realmente estar en la Antártida? ¿Alcanza con ondear la bandera en una base, o la soberanía se ejerce también cada vez que alguien mide un glaciar, traza un mapa o decide cómo llamar una bahía?

Mapas que no son neutros

El IGN participó en la Campaña Antártica 2024/2025 con un equipo de especialistas que llevó a cabo tareas de relevamiento, georreferenciación y validación cartográfica en las bases Marambio y Esperanza. Dicho así, suena técnico, casi burocrático. Pero los mapas nunca son inocentes.

Cuando un grupo de profesionales verifica la ubicación de cada edificación, o valida la información obtenida de imágenes aéreas, está dejando constancia de la presencia argentina. No se trata solo de producir información útil para la logística, que también lo es, porque permite planificar movimientos con seguridad y anticipar riesgos, sino de plasmar en coordenadas la idea de pertenencia. Allí donde hay un mapa preciso, hay un argumento de existencia.

En Marambio, por ejemplo, los especialistas emplearon cartografía digital derivada de vuelos previos con drones. Estos mapas permiten navegar sin conexión a Internet en condiciones extremas. En Esperanza, relevaron el área de la base y sus alrededores, zonas como el glaciar Buenos Aires y la laguna Boeckella, además de validar observaciones hechas en campañas anteriores. Son tareas silenciosas, pero decisivas: ¿sabemos con exactitud dónde estamos parados y qué elementos tenemos a nuestro alrededor?

Voces en primera persona

Durante los meses de enero y febrero de 2025, las geógrafas Analía Almirón y Silvina López integraron el grupo de trabajo “Topografía y SIG”. Sus testimonios revelan la doble dimensión de la experiencia.

Almirón, responsable del Atlas de la Antártida Argentina, cuenta que en lo profesional, la campaña fue una oportunidad única de poner a prueba la teoría frente a la realidad: lo que en Buenos Aires se releva como un conjunto de datos geoespaciales abstractos, en la Antártida se convierte en huellas concretas, en senderos posibles o en muros imposibles de atravesar. En lo personal, confiesa que caminar en los alrededores de las bases argentinas para validar datos geográficos quedará como insumo inicial para nuevos análisis, y esa certeza es una experiencia que desborda. Una mezcla rara de vértigo y orgullo, como si uno pudiera, por un instante, sentir el peso y a la vez la liviandad de estar escribiendo un pedacito de la historia científica.

López, en tanto, aporta otra mirada. Ella está a cargo de la normalización de nombres geográficos existentes y del relevamiento de objetos geográficos sin toponimia: su trabajo consiste en conformar una base de datos georreferenciada de topónimos que cumpla con criterios internacionales.  Pero detrás de la tarea técnica late un dilema: ¿quién tiene la autoridad para decidir cómo se llama cada lugar? En la Antártida, donde coexisten reclamos superpuestos de distintos países, nombrar es un acto de soberanía.

Entre la cooperación y la competencia

Los documentos oficiales suelen insistir en que la Antártida es un laboratorio de cooperación internacional. Y en buena medida lo es: científicos de todo el mundo trabajan codo a codo para estudiar la dinámica ambiental, la biodiversidad y la geología polar. Pero cada campaña nacional recuerda también que la ciencia no se separa de la política. La presencia continua, sostenida con infraestructura y datos precisos, constituye la base de cualquier derecho a futuro.

Aquí asoma otra pregunta: ¿queremos la Antártida como escenario de investigación compartida, o también como territorio donde afirmamos nuestra proyección nacional? La respuesta, probablemente, sea ambas cosas a la vez. Y ese equilibrio frágil se refleja en la labor del IGN: medir y cartografiar no es solamente producir insumos técnicos, es también participar de una disputa simbólica y geopolítica.

La cartografía como memoria

El Atlas de la Antártida Argentina del IGN, desarrollado junto al Instituto Antártico Argentino, es un buen ejemplo de esta tensión. Se presenta como una plataforma abierta al público, que integra saberes de diversas disciplinas. Pero, a la vez, cumple la función de registrar en clave nacional el conocimiento sobre la región. Cada mapa publicado es, en cierto modo, una huella de la presencia argentina en el continente blanco.

¿Quién recuerda que detrás de un nombre impreso en un atlas hay alguien que lo caminó, lo midió, lo validó? ¿Quién piensa que cada línea en un mapa, aparentemente neutra, encierra decisiones políticas y estratégicas?

La soberanía tiene un componente espacial ineludible. En la Antártida, ese componente se vuelve casi absoluto: estar es medir, es nombrar, es cartografiar. La labor del IGN, meticulosa y paciente, recuerda que detrás de cada línea en el mapa hay una historia humana, una estrategia nacional y, sobre todo, un interrogante abierto sobre el futuro.