GEOECONOMÍA DEL SIGLO XXI

JUAN M. MASSOT. ASESOR ECONÓMICO DE LA DELEGACIÓN DE LA COMISIÓN EUROPEA EN ARGENTINA Y DIRECTOR DE COMERCIO
INTERIOR DE LA SECRETARÍA DE COMERCIO DE LA NACIÓN

La economía internacional dejó de ser un ámbito neutral para convertirse en un terreno
de competencia estratégica entre Estados. Flujos comerciales, finanzas, tecnología y logística se integran hoy a disputas de poder que redefinen la globalización, exponen vulnerabilidades sistémicas y obligan a repensar el vínculo entre mercado, seguridad y política pública.

La dinámica económica internacional experimentó cambios profundos desde el fin de la Guerra Fría, alterando no solo la estructura del comercio mundial sino también la manera en que los Estados utilizan los instrumentos económicos como herramientas estratégicas. Durante el período bipolar, la economía se desarrollaba principalmente hacia adentro de los bloques, con relaciones relativamente autárquicas y con escasa interdependencia entre sistemas rivales. El colapso del orden soviético abrió un escenario nuevo en el cual la globalización, la liberalización financiera y la expansión de las cadenas globales de valor se consolidaron como ejes centrales del funcionamiento económico internacional.

El crecimiento de las economías asiáticas —en particular China— modificó la distribución global del poder económico y tensionó la idea dominante de que los mercados podían expandirse indefinidamente sin consideraciones estratégicas. La emergencia de una potencia con capacidad industrial, demográfica, tecnológica y militar creciente convirtió a la interdependencia económica en un terreno donde también se expresa la competencia entre Estados. La crisis financiera de 2008–2009, surgida en el núcleo del sistema y no en sus periferias, reveló la vulnerabilidad estructural de las economías desarrolladas frente a la desregulación y la interconexión financiera. La pandemia, por su parte, puso en evidencia la fragilidad logística de las cadenas globales de producción y la dependencia crítica del transporte marítimo.

Este contexto dio lugar a una reaparición de la geopolítica y a la consolidación de la geoeconomía como herramienta analítica central. La geoeconomía se entiende como la utilización de instrumentos económicos —comerciales, financieros, regulatorios o tecnológicos— para proyectar poder internacional e influir en el comportamiento de otros Estados. Su objetivo no es ocupar territorios, sino condicionar decisiones, moldear preferencias o disuadir conductas mediante el control o manipulación de flujos económicos. En este marco, la economía se convierte en un elemento de poder, tanto para la proyección externa como para la construcción interna de resiliencia frente a presiones externas. Los instrumentos de la geoeconomía abarcan políticas comerciales, subsidios, aranceles, regulaciones técnicas, acuerdos de inversión, financiamiento condicionado, manejo de monedas y utilización estratégica de mercados. En términos relativos entre países y bloques, Estados Unidos emplea su capacidad financiera y la centralidad del dólar; la Unión Europea utiliza su influencia en la regulación de mercados como herramienta de influencia; China ejerce poder a través de su rol en las cadenas globales de valor y su vasto mercado interno. La ubicación de nodos productivos, la dependencia de insumos críticos y la concentración de manufactura en Asia —que durante décadas permitió obtener bienes baratos— se transformaron en vulnerabilidades que inciden sobre decisiones de seguridad nacional en países de gran centralidad. Las crisis recientes impulsaron procesos de relocalización, nearshoring y friendshoring, a menudo costosos y políticamente complejos, en los cuales los Estados buscan reducir la exposición a interrupciones logísticas o a decisiones unilaterales de potencias rivales. Las empresas presionan para mantener eficiencia y rentabilidad, mientras los gobiernos intentan equilibrar seguridad, competitividad y autonomía estratégica. En este marco, la relación entre corporaciones globales y Estados se vuelve un espacio de disputa clave, donde el rol de la política económica es determinante.

La geoeconomía convierte instrumentos económicos en herramientas de poder, donde Estados y corporaciones disputan decisiones estratégicas, resiliencia y autonomía en un sistema global interdependiente.

La discusión sobre monedas de reserva, los avances en moneda digital, la aparición de plataformas financieras alternativas impulsadas por los BRICS y la creciente competencia por recursos naturales introducen tensiones adicionales. Los cambios también afectan a países emergentes o periféricos, que se ven arrastrados por su ubicación geográfica, sus puertos, su participación en rutas críticas o su dotación de recursos estratégicos.

El análisis del riesgo adquiere un papel central en este escenario. Los riesgos globales incluyen fenómenos ambientales, financieros, tecnológicos y sanitarios que pueden generar daños sistémicos con impacto asimétrico sobre países desarrollados y en desarrollo. La diferencia entre amenaza y riesgo —una requiere intención; el otro ocurre por omisión o insuficiencia de acción— ayuda a comprender la naturaleza de los problemas globales contemporáneos. La creciente “ignorancia estructural”, es decir, la dificultad para anticipar eventos complejos, quedó expuesta en crisis sucesivas desde comienzos del siglo XXI.

En el macro descripto, la geoeconomía del mar constituye una extensión directa de estas dinámicas, ya que los océanos son la columna vertebral del comercio mundial. La mayor parte de las mercancías circula por rutas marítimas cuya interrupción genera impactos económicos inmediatos. Los estrechos y canales —Panamá, Suez, Malaca, Magallanes, Bab el-Mandeb, Ormuz— son puntos críticos donde cualquier obstrucción, accidental o inducida, afecta costos, tiempos logísticos y estabilidad de cadenas de suministro. Las tensiones en el Mar del Sur de China ilustran cómo la importancia económica de una región puede superponerse con disputas territoriales, haciendo que las decisiones militares o políticas prevalezcan sobre los dictámenes de organismos internacionales.

La aceleración tecnológica y el aumento de conflictos y tensiones estratégicas convierten a la geoeconomía del mar en un campo de creciente relevancia. La competencia por recursos energéticos, minerales y pesqueros se suma a debates sobre gobernanza, infraestructura portuaria, vulnerabilidad logística y rol del Estado en la planificación. La globalización había promovido el retiro del Estado; las nuevas condiciones impulsan su regreso como actor central en regulación, protección y conducción estratégica.

Para países con recursos naturales significativos y una posición geográfica relevante, como la Argentina, estos procesos plantean desafíos y oportunidades. La dotación de recursos en territorio y subsuelo marítimo —minerales, pesca, hidrocarburos— exige políticas de largo plazo, inversión sostenida y una planificación estatal que evite que las restricciones financieras condicionen la capacidad de ejercer intereses soberanos. En un contexto global más incierto, la construcción de resiliencia económica, política, militar y diplomática resulta indispensable para sostener el desarrollo y proteger los intereses nacionales en un entorno internacional dinámico y altamente competitivo.

La geoeconomía redefine el poder global al convertir flujos económicos y marítimos en instrumentos estratégicos, devolviendo al Estado un rol central para gestionar riesgos, resiliencia y desarrollo.