CONCIENCIA MARÍTIMA Y CAPACIDADES NAVALES. CLAVES PARA EL FORTALECIMIENTO DE LOS INTERESES ARGENTINOS EN EL MAR EN EL SIGLO XXI

VL JUAN CARLOS ROMAY. JEFE DEL ESTADO MAYOR GENERAL DE LA ARMADA ARGENTINA

¿En un mundo donde el mar vuelve al centro de la disputa geopolítica, Argentina enfrenta un desafío estructural: transformar su histórica indiferencia marítima en una estrategia sostenida que articule recursos, conciencia social y poder naval.

El análisis de los intereses marítimos argentinos en el Siglo XXI nos incita a proyectar un pensamiento estratégico de política marítima y naval, ya enunciado por el Vicealmirante Don Segundo Storni en sus dos conferencias impartidas en el año 1916, que lo consagrarían desde entonces como el precursor de los intereses nacionales en el mar.

Tal como lo formulara Storni en su preclara visión de aquel tiempo, el mar no sólo continúa siendo de vital importancia para las naciones como fuente de riquezas y vía de comunicación marítima, sino que adentrados en este Siglo XXI adquiere una creciente relevancia estratégica como escenario geopolítico de disputa y competencia entre grandes potencias globales con la finalidad de mantener áreas de influencia regional, y asegurar el acceso a recursos alimenticios, minerales y energéticos para satisfacer la enorme demanda que el aumento demográfico mundial impone, y que el acelerado avance científico y tecnológico propician cada vez con mayor viabilidad.

Para abordar el tema de los intereses marítimos es necesario explicitar sucintamente el marco conceptual definido por grandes autores que delinearon el pensamiento marítimo y naval moderno. En efecto, de las obras de Mahan y el propio Storni, se puede realizar una simplificación según la cual el Poder Marítimo surge de la conjugación del Poder Naval y los intereses marítimos.

Específicamente, Mahan identifica como principales factores que determinan el poder marítimo de un país a su posición geográfica, su conformación física, sus recursos naturales, el carácter de su pueblo y la voluntad política de su gobierno.

Si tomamos los dos primeros factores, sin lugar a dudas la situación geográfica y conformación física de nuestro país nos obligan a mirar al mar, enclavado en un hemisferio donde predominan las grandes masas de agua, el territorio argentino se proyecta como una cuña hacia la Antártida. La Argentina es por definición un país bicontinental y oceánico, tal como quedó formalmente establecido en los mapas oficiales que muestran el territorio continental americano y antártico, junto con los espacios marítimos circundantes.

El mar se consolida en el siglo XXI como un espacio central de poder, donde la articulación entre intereses económicos, capacidades navales y factores estructurales, como la geografía y la voluntad política, define la proyección estratégica de las naciones, especialmente en el caso argentino, cuya condición oceánica y bicontinental exige una mirada ineludible hacia el Atlántico Sur.

No obstante ello, también es cierto y es común escuchar que la Argentina vive de espaldas al mar en referencia a que históricamente la mayor atención ha sido dirigida hacia su hinterland —término de origen alemán que significa “tierra posterior” y que, en sentido geopolítico, refiere a la zona de influencia económica vinculada a un puerto, ciudad o centro logístico— que es la pampa húmeda. Tal es así, que podríamos periodizar a la historia de nuestro país en referencia al mar de la siguiente forma: una primera etapa desde la fundación de la Argentina como Estado-Nación donde la atención estuvo focalizada en la cuenca del Plata; una segunda que comienza a principios del Siglo XX con Storni como su principal ideólogo, donde ya se comienza a hablar y a entender del Mar Argentino; y una tercera etapa que corresponde a las primeras décadas del siglo XXI donde el océano empieza a tomar protagonismo y que podríamos asociar a la ampliación de los límites de la plataforma continental y a los objetivos de desarrollo sustentable impulsados por la Organización de las Naciones Unidas que tienen como eje al océano.

Storni, por otra parte, consideró que el verdadero Poder Marítimo de una Nación se basa en tres pilares fundamentales: las producciones, entendidas como los productos a exportar; el transporte propio, es decir una línea de bandera; y los mercados. De esta manera, concebía la centralidad del mar para el desarrollo del país consolidando su fortaleza en términos económicos complementada con una proyección defensiva para proteger la riqueza nacional, o sea, el poder naval militar.

En este marco, cabe preguntarse a qué nos referimos cuando hablamos de intereses marítimos. En términos estratégicos un interés es un objeto al cual le asignamos valor, lo cual nos permite comprender a qué aludimos al hablar de interés nacional, que en nuestro caso particular pueden ser abstraídos de la Ley de Defensa Nacional, cuya razón de ser es la búsqueda de garantizar de modo permanente la soberanía e independencia de nuestro país, su integridad territorial y capacidad de autodeterminación, así como la protección de la vida y libertad de sus habitantes. Volviendo entonces al concepto de intereses marítimos, constituyen los intereses que tiene un estado en relación al mar. Más específicamente, los intereses marítimos se refieren al conjunto de recursos y oportunidades que posee una nación en sus espacios marítimos, caracterizados por su internacionalidad, para su exploración, explotación, conservación, estudio y desarrollo, visto el mar como fuente de recursos y vía de comunicación.

La promoción y fortalecimiento de los intereses marítimos argentinos debiera materializarse a través de una marina mercante y una producción naval propia, un desarrollo portuario adecuado, el impulso de las pesquerías, el fomento de la investigación científica marina y una afianzada conciencia marítima en la sociedad, lo que Mahan denominó “el carácter de su pueblo” y que en palabras de Storni sería “crear un ambiente marítimo en la opinión”.

Este último factor es, indudablemente, el más importante porque una arraigada conciencia marítima internalizada en un amplio sector de la ciudadanía, en los formadores de opinión y, fundamentalmente, en la dirigencia política de una nación es el motor fundamental que impulsa y dinamiza todos los demás elementos orientados al desarrollo de los intereses marítimos.

La Argentina arrastra una histórica desconexión con el mar, pero su desarrollo estratégico depende de revertir esa inercia mediante la articulación de producción, transporte, mercados y conciencia marítima, consolidando así sus intereses en un espacio clave de soberanía y proyección nacional.

Es en este aspecto donde en nuestro país hay todavía un largo camino por recorrer. La histórica falta de atención por el mar responde a cuestiones culturales y educativas. La conciencia marítima aún no se encuentra suficientemente incorporada tanto en el conjunto de la sociedad como en los ámbitos de decisión política, lo que nos plantea el desafío de promover una mayor comprensión del valor estratégico del mar para el desarrollo de la Nación.

El litoral marítimo de la costa argentina se extiende por más de 5.000 kilómetros de longitud. La superficie del mar, considerando el Mar Territorial, la Zona Contigua y la Zona Económica Exclusiva hasta las 200 millas náuticas alcanza los 2.804.000 kilómetros cuadrados, es decir, constituye un espacio equivalente al territorio continental que abarca 2.791.810 kilómetros cuadrados. Si a ellos, le sumamos los 2.094.000 kilómetros cuadrados correspondientes a los espacios marítimos en las aguas antárticas, contabilizamos un total de 4.898.000 kilómetros cuadrados. Además, se deben considerar los 1.785.000 kilómetros cuadrados desde las 200 millas náuticas hasta el límite exterior de la plataforma continental, en donde el país tiene derechos soberanos sobre los recursos del suelo y subsuelo marítimo. Esta extensión de los espacios marítimos de jurisdicción e interés nacional nos permite dimensionar su potencial para el desarrollo económico de nuestro país en recursos ictícolas, energéticos (petróleo y gas costa afuera), minerales estratégicos presentes en el fondo marino, y el aprovechamiento sostenible del mar integrando actividades tradicionales (pesca, industria naval, puertos y transporte) con sectores emergentes como la acuicultura, biotecnología marina, energías renovables marinas y turismo costero.

Si además del señalado potencial en recursos naturales vislumbramos la real importancia de una geografía austral con acceso a los pasajes interoceánicos a través del Estrecho de Magallanes y el Canal Beagle, sumado a una proyección privilegiada hacia la Antártida, no debemos albergar duda alguna que el Atlántico Sur constituye en este siglo XXI un escenario geopolítico de vital interés para nuestro país. A su vez, y como consecuencia de su creciente relevancia geopolítica, configura en la actualidad un escenario de competencia entre grandes potencias.

El mar, a diferencia del territorio continental, se caracteriza por ser un espacio internacional por naturaleza. Continuamente es sometido a una puja de intereses diversos entre los estados ribereños, estados de pabellón y estados rectores de puerto, en la mayoría de los casos esta relación es compleja y hasta antagónica. A los desafíos que imprime la naturaleza hostil del mar, deben sumarse las complejas relaciones en la que participan los diferentes actores: estados, organizaciones internacionales, empresas privadas, ONG´s y otros. En el caso del Atlántico Sur, no es nueva la presencia de potencias extra regionales que promueven sus intereses y agenda en detrimento de los intereses argentinos en el mar. Esta problemática nos remite a la importancia del poder naval.

Como aseveraran Mahan y Storni, los intereses marítimos requieren de un poder naval adecuado que los proteja. La Armada Argentina, como instrumento militar de la defensa, tiene la misión de proteger esos vastos espacios marítimos y fluviales de jurisdicción e interés nacional. Para ello es necesario recuperar capacidades largamente postergadas, mediante la incorporación de submarinos, modernas fragatas multipropósito, buque de transporte de vehículos y tropa, que contribuyan a optimizar su misión y ejercer una disuasión “creíble”, acorde a la grandeza de la nación argentina.

En síntesis, ambos factores, intereses marítimos y poder naval, deben ser coexistentes y desarrollados proporcionalmente uno con respecto al otro. Esta confluencia constituye el poder marítimo de una nación.

A modo de reflexión final, la República Argentina se encuentra ante una gran oportunidad en un contexto internacional en el que el mar, y particularmente el Atlántico Sur, adquiere una creciente relevancia geopolítica y estratégica en el devenir del siglo XXI. En este escenario, el desarrollo de los intereses marítimos nacionales demanda la formulación y sostenimiento de políticas públicas orientadas a fortalecer un intangible fundamental: la conciencia marítima de la sociedad. La comprensión cabal de la importancia y de las potencialidades que el mar ofrece al país constituye una condición necesaria para consolidar el vínculo de la Nación con su espacio marítimo y promover, en consecuencia, el desarrollo de las diversas actividades vinculadas al mismo.

En este sentido, mantiene plena vigencia lo expresado por el Almirante Storni en 1916: “La política naval es, ante todo, una acción de gobierno; pero es indispensable, para que tenga nervio y continuidad, que sus objetivos arraiguen en la nación entera, que sean una idea clara, un convencimiento de las clases dirigentes, y una aspiración constante de todo el pueblo argentino”.

Al mismo tiempo, resultará imprescindible continuar fortaleciendo y optimizando las capacidades de la Armada Argentina, como expresión del poder naval, en su rol indelegable de protección y defensa de los intereses nacionales en el mar.

En definitiva, consolidar una auténtica conciencia marítima y sostener una visión estratégica de largo plazo constituyen condiciones indispensables para impulsar de manera efectiva el desarrollo y la proyección de los intereses marítimos argentinos en el Atlántico Sur.

Sin conciencia marítima no hay política sostenida, y sin poder naval no hay protección posible: ambos son condiciones indivisibles del desarrollo nacional.